CRÓNICAS DE UN FARSANTE: Monarca Bar

Por Tharwing Morosini

Por cincuenta varos te sigues tomando una chela. Este lugar lleva cerca de veinte años en la zona y siempre que vengo aquí me pregunto de qué lado me gustaría estar en caso de que hubiera una riña en el área donde la gente acostumbra fumar… y  es que a este pequeño barandal colocado en el pasillo de este bar de Cuautitlán Izcalli ubicado en el segundo piso de una de las plazas más antiguas del centro de este municipio suburbano no le tengo tanta fe en caso de que el  odio se apodere de un par de locos, aunque -se dice- hasta el momento no ha ocurrido.

La vieja guardia del rock tradicional y clásico sigue sonando alto: The doors, Metallica, Heroes del Silencio forman parte de la cotidianeidad desde los lunes a temprana hora.

Tres mesas de billar acompañan un  pequeño  escenario donde -a veces desde el jueves- suenan  bandas que van del metal nacional original más underground, hasta las bandas de los covers más comunes que por poderosas razones prácticas  y de conveniencia para los músicos, siguen sonando desde antes de principio de este siglo.  Entre la necesidad de tocar, el gusto de ganarse la vida tocando y el hecho de saber que es más fácil trabajar si – en caso de emergencia- cualquier otro colega se sabe la rola de siempre, hace que los músicos se sigan echando a los hombros la misma chispa adecuada o un rico bailongo al son del listón de tu pelo. Bueno, eso me imagino después de una cerveza y un absinth sentado en la barra de este lugar que siempre tiene un tono a media luz que suele hacer caer en la ficción de que  el tiempo se detiene. Aquí  –de alguna forma- siempre es  martes, no dudes en  hacer la reta de ajedrez. Stay Wild dice la dulce canción un grupo originario de Australia (Duran Duran) que queda un poquito lejos de aquí. Un salto dinámico y poderoso de la imaginación me lleva a una pradera ajena y volada de un lugar que es el privilegio de algunos argentinos, supongo desde que el poder se hizo delirio en Las Malvinas… luego los recuerdos aterrizaron para colocar mis ojos detrás del siempre amable barman, justo ahí está la pecera que solía estar en la casa del vecino en un barrio sagrado no muy lejos de acá. Es la pecera de mi infancia y ahí habitaba una piraña enorme que sabía volar, con sus enormes alas de múltiples colores solía desatar tempestades  y podía devorarnos a todos justo ahí, cuando el súbito relámpago de Dios decidiera que la humanidad ha llegado a su fin. Esa piraña de más de 22 kilos había recorrido durante las noches más de 24 Estados del País.

Una mariposa azul y naranja gobierna un bar rojinegro que aloja treintones y cuarentones que entre complejas existencias por momentos combaten la frase “el rock ha muerto”. No la neta no, pero me gusta pensarlo. Esto es una especie de cofradía latina en medio del corazón de uno de los municipios más bellos, confusos y amigables de las afueras de la gran Ciudad de México.

Monarca es un lugar único y engañoso, la paridad es el alma de todas las suertes infinitas que con arraigo o no venimos aquí, después de renunciar a algún destino o buscándolo entre nubes de música de distorsion.

La materia ingrávida sueña con materializarse en un México alcohólico y permisivo

Suerte del cielo, caída en una mala tocada, vanidad de vanidades. Desde acá se ve  como baja la rebelión delas cabalgatas que habitan en cada una de las notas, con la pesadez de las palabras y una extraña sonrisa que desde lejos tiene esa mina que no para de mirar… Mejor me voy antes de que me enlie con su novio imaginario. Acá sigue siendo el siglo XIX.

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