Ser indígena y vivir en la colonia Roma

Texto de Ana Ivonne Cedillo

Fotografías de José Luna

Son casi las siete de la tarde y las nubes amenazan con una fuerte lluvia en la colonia Roma. Gotas grandes comienzan a estrellarse contra una improvisada carpa colocada sobre la banqueta en la calle Guanajuato, frente a la casa número 200. La lluvia arrecia y el agua se cuela entre los orificios. Se escurre y moja algunas de las pertenencias de las familias que han tenido que acampar afuera de su casa desde el pasado 19 de septiembre a consecuencia del temblor vivido en la Ciudad de México.

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Son diez familias de cultura otomí, provenientes de Santiago Mexquititlán, Querétaro las que han tenido que salir e improvisar un lugar donde dormir y comer sobre la baqueta, porque aseguran que su edificio ha quedado seriamente dañado y no ha habido autoridad que les diga que permanecer dentro sea seguro.

María Micaela, quien desde hace siete años vive con su esposo y sus dos hijos en aquel edificio, platica que desde el día del sismo solo entran a su casa para cubrir sus necesidades más indispensables, temiendo que en cualquier momento vuelva a temblar: “Nos bañamos con miedo, vamos al baño con miedo, lavamos con miedo”.

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Micaela, quien ha tenido que levantar a su bebe que se encontraba gateando en el piso que ahora yace inundado por la lluvia, recuerda el momento del temblor y el motivo por el que decidieron desalojar:

“Cuando pasó todo, comenzamos a meternos y vimos mucho polvo en los cuartos. En mi cuarto se despegó la loza, tiene grietas en las paredes. En los demás cuartos también hay grietas, en uno se abrió el piso; yo pienso que es por el edificio de atrás y la barda de al lado que se están recargando. Por ello decidimos no habitar. Hemos esperado a protección civil, pero solo vienen unos ingenieros y nos dicen ‘no pues si está en alto riesgo’, nos dijeron que tenemos que esperar a que hagan un dictamen”.

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Ella y sus vecinos se niegan a ir a un albergue no solo porque se encuentran a la espera de que llegue protección civil, sino porque temen que saqueen el edificio o lo que es peor, les expropien el predio.

Por ello, a la calle han sacado una estufa y montado una pequeña alacena para colocar sus trastos. También han sacado un sillón para que descanse la abuela Creencia, que a sus 94 años solo observa a los niños que juegan a lado de ella y de vez en cuando echa un ojo a la televisión que se encuentra encendida.

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En una mesa han colocado las papas, los jitomates y demás alimentos. A lado, las cobijas y ropa, algunas obtenidas del apoyo de grupos voluntarios.

Ellos no niegan la ayuda que en esa parte han recibido y aseguran que el apoyo sobrepasa sus necesidades, y lo que sobra lo llevan a otros centros de acopio para que sean entregados a gente que lo necesite.

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Otras amenazas, otros miedos

La comunidad otomí no solo han tenido que enfrentar las consecuencias de riesgo que dejó el sismo, también enfrentan la discriminación y agresiones de sus vecinos.

“Los vecinos dicen que no somos damnificados, que no tenemos necesidad de la ayuda que hemos recibido, que no somos indígenas. Nosotros hablamos otomí, hablamos un idioma, nadie puede dudar de nosotros”, se defiende Micaela.

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Dice que además de que sus vecinos detienen a los voluntarios que les llevan alimentos y cobijas, estos riegan veneno para cucarachas alrededor de su carpa, sin importar, que ahí  viven niños.

“Queremos que los vecinos nos dejen en paz, que dejen de intimidarnos. No nos dejan dormir pues estamos con el temor de que vengan a quemar nuestro campamento, que nos vengan a golpear, a agredirnos”.

Las familias de cultura otomí llegaron a habitar el edificio número 200 desde hace más de siete años. La mayoría de sus integrantes se dedican a la venta de muñecas en la CDMX. Ellos solicitan que se les informe si su edificio va hacer demolido o no. Ante el resultado que sea, exigen no ser despojados del predio comprometiéndose a pagar un precio justo para mantenerlo.

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Por esta situación de vulnerabilidad en la que esta comunidad se encuentra, organizaciones como: La Organización Indígena de Gobierno (CIG), Consejo Nacional Indígena (CNI), así como brigadas autónomas y solidarias simpatizantes de la sexta, han hecho un llamado para evitar la discriminación contra los indígenas; pidiendo a la comunidad de la Roma que despojar a los indígenas de su propiedad es violar sus derechos humanos.