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Feb 18

Ave Fénix

Ave Fénix

(Aves de Fusión)

Por: José De La Rosa
Foto de portada: Wendy Soberanes

 

De puros deseos de ser hombre, el pájaro se transformó en ángel. Se llamaba Fénix. No perdió las plumas, los colores aspiraron las ideas, brotaron las ilusiones que cubrían todo su cuerpo. El fuego que brotaba de sus ojos encendía las carnes del fantasma del pasado; la vida se encendía con un intenso amor incrustado de cuchillos dolores, como clavados en roca que se despedazaba por vivir fragmentada en cachos de vida, hasta hacerse polvo de girar desgastada.

Fénix enamorado de la figura grácil de esa muchacha que al caminar, de la tierra levantaba suspiros. Los arboles emocionados se abrazaban entre sí, confundiendo sus ramajes entrelazados se agitaban, dándole una fresca brisa estival a sus andares sin disimulo de sensualidad.

Murmuros de historias místicas clavaban curiosidad de sus ayeres. Los más enamorados respiraban el misterio de su vida. Había sido un ave muy hermosa, que de amor el sol enrojecía. Cantaban algunas melodías. Ligeras frágiles alas, de rocío sacudidas que tan dulce amor escurría. Astro Rey, de mujer le dio un espíritu infinitamente igual de hermoso a su voz. Agudos pasos sonidos perdidos, risas que aleteaban hechas nubes, al Sol besaban y lloraba de alegría, caricias evaporadas en chinguitos de lluvia que refrescaba a la pradera. Fénix no podía truncar sus alas por ser condición única de vivir diferente, ahora lo sentía imposible obstáculo. Ser un hombre con una frágil mariposa en sus manos para eternizarla en su pasión.

Caminos equivocados donde hasta las alas se atoran precipitadas. Escapar con ella donde ni un rayo de sol los encontrara y no se la arrebatara. Pero, ¿dónde? La noche, esa sería la solución, la eterna noche para poderse amar.

Calandria le correspondía, ya todo su ser estaba ebrio de amor. No pudo pensar en nada más, solo que ella era hermosamente singular y amaría a un hombre que se caracterizaba por no ser característico a los demás. Un hombre que emanaba sueños imposibles llenos de posibilidad y encantos utópicos, que se desprendían de él al aletear, como plumas que maduran sin desgarre de la piel, para caer, posarse y arraigar en la ilusión anhelante.

Calandria y Fénix huyeron a la oscuridad de la noche. Todo era maravilloso entre campos negros y cascadas grises reflejando una Luna rota, quebrada y esparcida por los rincones líquidos de su pasión. La Luna, esa mancha blanca, como un agujero hecho en el cielo por donde se filtraba la luz tenuemente. Ese era el cómplice que los observaba pero callaba, callaba su mismo silencio como viento sin susurros, porque en ese idilio se realizaban sus deseos profundamente cosmogónicos. Era la plena realización de ser mujer ovulando su reflejo natural para fecundar en la tierra y procrear un ser híbrido y hermoso, mixtión de luz, aire y tierra.

Nubarrones atascados en los amaneceres desfigurados. Ahora estaban vestidos extrañamente tristes y sombríos. Universo turbulento que se agitaba loco. El Sol perdió el dominio de sí mismo. A veces enrojecía de rabia y, otras palidecía de miedo y de ocultaba tras las nubes de color fúnebre. Se dejó llevar más allá de la soledad del universo; el sufrimiento y la desesperación le arrebataban la existencia, se la arrebataban en llamaradas que se perdían y lo iban consumiendo apresuradamente. Impactos fuegos, nubes miedo y dolor que salía relampagueante, abriéndose paso entre la nubarrona densidad y dejarse caer en un estruendo grotesco de luces centelleantes, incendiando los bosques con agresividad impetuosa. Átomos que estallaban, ardían, se tragaban todo lo que pudiera tragarse con pura luz. Tan fuerte eran los estallidos en los bosques, que parecía que se estuviera metiendo en la Tierra el Sol. Todo estaba quedando inundado de luz, a cada rincón se le desgarraban las sombras, los arboles estremecían sus miedos dejando caer sus terquedades secas, tercas por intentar ocultar imposibles, por esconder los miedos tercos hasta su descomposición, incendiadas.

Siervos de ojos espantados mostraban sus caras, Calandria y Fénix. Cada ave, animal e insecto huían, espantados alejándose del fuego. Todos en silencio, quedaba erosionado el sonido por el calor crepitante de la furia solar. No se eterniza el amor cuando se convierte en mortal.

Se consumó un amor en su efímero sueño, su inmortalidad murió en su deseo de buscar un para siempre, que no se olvidara en su eternidad pasajera. Desvanecida una oscuridad de la que ya no quedaba ni su sombra, toda negrura se esparció a través del espectro luminoso que reflejaba el calor en todo su esplendor, ya no había lugar para ocultar una prohibición. Las lenguas del fuego crepitando su risa en los brazos alargados de los troncos, caían las heridas ardientes sangrando lumbre, la ceniza se incrustaba en la tierra escondiendo en las grietas su recuerdo descarnado. Una esfera desvencijada ya no tenía escondites en las oquedades de sus ojos, ni frondas manos para cubrir, todo estaba llano, seco y podrido, quemado. La desolación atacó también a la muerte, la enterró en los escombros de su ansia. Ya no hay nubes, todo es luz, es calma, es viento que remueve espacios derrumbados, para acomodarlos en pequeños segundos y fertilizarlos en el tiempo. Una caverna no pudo proteger un idilio que  se subterranizó, quedó más ahuecada, agujereada de marginación. En ella un montón de cenizas negras adornan la desvariación escombrada, limpia de esqueletadas inservibles. Todo emana de esas cenizas, todo brota; efluvios arrastrados por el céfiro, se desprende de las cenizas un canto envuelto en plumas blancas que sumergido en ellas, emerge arrancado de su vientre, por ese aire que lo reclama y lo arrastra lejos desempolvado. Espíritu en fusión, sonido y luz, fundidos, confundidos, perdidos en una mezcla, es uno, una es ella. La hizo suya, al fin eso cree.

Las cenizas inquietas, volaron, al viento revueltas, fragmentadas, pero no perdidas. Esencia en partículas reunidas, finas, eran tibias, eran él. Él que no pudo morir, y el Sol no debía destruir porque él fue parte de su creación; lo único que podía hacer era transformarlo y así lo hizo. Mágica transformación, de húmedas cenizas brotaba un ave gigante de brillantes colores, agitaba su plumaje sacudiendo su lluvia en los campos vástagos, las gotas fluyen en la tierra como gusanos barrenadores, deja su huella en las hojas verdes, en sus raíces. Se oye el sonido de un canto dedicado a él, a un intento del olvidar que no existe, algo que no se pudo matar porque su vida no era material. El castigo lo impuso el Sol, ya nada era material, nada se consumaba y todo se consumía. Cantos iluminaban al ave Fénix, avivaban su color a una metafísica felicidad; estremecido en sus delirios de fusión, las plumas se desprendían en fuego, ardían y eran humo, humo volátil. El fuego se diseminaba entre su ser, era un ave de fuego que se esparcía por el aire violentamente, donde se apagaba la última llama, se perdía en el espacio. Perdía su presencia, perdía también su nombre, pero también lo recuperaba en su rebeldía.

Cenizas apagadas, confundidas, humedecidas en lodo, se recreaban. Aleteaba, buscaba volaba, sin encuentro, en fuego esperanzados volaba. El ave Fénix renace, renace en fuego, renace del fuego y, con sus alas emprende el fuego y vuela en busca de su amada, en busca de su canto luminaria. Ave Fénix emprende el fuego y se convierte en vuelo.