Señor Locutor

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Por: María Esther González y Germán Méndez Lugo
Cuando lo conocí, no tenía ni la más mínima idea de quién era

Siempre escuchamos la radio creando una imagen propia de cada locutor, pero su sola presencia en el Diplomado Periodismo de Investigación: Sociedad y Poder, por alguna razón que todavía desconozco, me distraía.

Él me recordaba a aquel amigo inocente de la primaria, aquel que no jugaba con muchos porque se sentía distinto físicamente, pero capaz de sacar fuerza en los puños hasta hacerle ver a otros que nadie se metía con su amiga.

En realidad aquel niño con el que jugaba no era distinto físicamente, sino que simplemente no le gustaba la agresión y eso lo entendí con el paso de los años. Ese niño nunca reconocería ser más fuerte que los demás, pues cuando hubo la oportunidad, ese ser sereno se convirtió en un elevado enemigo para todos aquellos que lo malinterpretaban.

Nadie advirtió estar frente a alguien distinto que no fuera un hombre con cara de niño.

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¿Quién será ese hombre?, me preguntaba

A lo largo de las sesiones del Diplomado, las intervenciones del hombre que me recuerda a mi amigo de la infancia, me mostraron que ese hombre con porte de niño y noble de corazón resultó ser muy preciso en sus intervenciones.

Él es, además de productor radiofónico, un cantautor y en especial un creador dinámico: sus ideas no las convierte en teorías sino en canciones; se mira inteligente y quizá tenga un poco de dirigente, ¿lo reconocerá? No lo creo.

Mi estudio no fue en primera instancia la Comunicación, sino la Sociología, quizá las dos licenciaturas coadyuvaron aumentando la destreza para comunicarme con los demás.

Siempre trato de no caer en la tentación de la “profetización” y mucho menos me gusta mantener relaciones opacas de “Yo soy el que hace las preguntas…”. Siempre he creído en la idea de que todo hombre debe hablar de todo lo que necesita hablar, no lo convierto en mi objeto de estudio, sólo dejo que me muestre su esencia vital.

La sociología concuerda perfectamente con la siguiente frase: “Las palabras de la charla cotidiana y el discurso del analista y las palabras analizadas están separadas nada más que por la frágil barrera de las comillas”,[1] por lo que recurro a esta bandera del humanismo, para realizar mejor el periodismo.

La comunicación asimétrica –comprendo– coloca al sociólogo en posición profética, lo inhibe de su presencia humana y las personas sólo lo ven como el acreditado por el sistema para hacer un estudio, aquel que no se involucraría con su par, por cuestiones de ética, al igual que sucede,  me parece con cualquier profesión.

En mi primer acercamiento intencional para conocer a Don Cruz Mejía, sus primeras palabras fueron para explicarme acerca de la sobreprotección que algunos tenemos para con las personas de capacidades distintas.

¿Y mira como son las cosas? Mi sentido maternal, seguramente, me ha llevado a cometer errores en mi vida. ¡Aunque no sólo lo practico con personas de capacidades distintas, yo soy así con todos en general!

La palabra tolerancia surgió en nuestra conversación, cuando la mesera del restaurante le dio la carta en Braille para que revisara el menú. Al retirarse, don Cruz Mejía dijo: “Si de verdad quiere ofrecer una buena atención, con que me recomiende la sugerencia del día hubiese sido diferente”.

– ¡Ups!, –tragué saliva (y me cayó la pedrada).

Inmediatamente recordé aquel incidente en el que asistí una persona que había tenido un ataque epiléptico, en el momento que lo abracé para que se tranquilizara, no faltó quien me dijera que lo que hacía estaba mal. Obviamente era mi primera experiencia y mi reacción fue sostenerla. Aunque no pensé que pudo haberme lastimado.

“–La sobreprotección resulta ser discriminación –dijo don Cruz Mejía para explicarme que una excesiva atención también discrimina y hace inútil a las personas–. Además “muestra una función servil que ni al caso” y a una persona con capacidad distinta “lo hacen sentir mal o avergonzado cuando se exagera la atención. ¡No somos unos inútiles!”

Así comenzó mi interlocución en esa entrevista con el cantautor sinaloense

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Antes de la entrevista, me dediqué a investigar sobre este hombre, y como toda buena estudiante contemporánea, comencé por lo más fácil: la Internet. “Cruz Mejía, cantor del pueblo” decía el portal de la revista Proceso.

Ese semanario señala que el sinaloense don Cruz Mejía es un “creador incesante, de alto ingenio y de sorprendente humor político”. Mientras que para Marta Romo, autora del prefacio en el disco “aquí va a nacer un niño”, de autoría del cantautor: “arrulla, hace volar y contagia”. “Es también una fiesta para aprender cantando”.

Entonces, son diversas, las facetas que como profesionista tiene: no sólo es cantautor, sino además excelente locutor y productor radiofónico, escritor y músico, que nos aclaran por qué puede hacer que el tiempo vuelva y que habitemos sus recuerdos.

Su sensibilidad para escribir tanto canciones como libros, nos hace reflexionar sobre cómo revalorar nuestras propias infancias e inclusive profesiones.

En sus varios perfiles musicales, Cruz Mejía escribe canciones de movimientos sociales, procesos electorales, danzones, corridos, aspiraciones presidenciales, bossa nova y arrullos infantiles.

Evoca sutilmente la desgracia mexicana, causada por la partidocracia política y todos sus pormenores; de igual manera critica a empresarios mexicanos como a compositores, locutores, periodistas y escritores.

Citado por Arturo Cruz Bárcenas como un “cronista político cultural”, con estudios de comunicación y música que compone corridos “que memorizan la vida sin hacerla confusa” o desdibujarla; y a diferencia de los narcocorridos que relatan e idolatran las hazañas de capos, el cronista describe y hace memoria pertinaz, sobre la realidad cruel que vive México.

“El cantante sabe de lo que habla”, dice el periodista Jenaro Villamil, también de la revista Proceso. De igual manera habla y defiende el sindicalismo como una necesidad para la defensa del trabajador, como a su vez lo critica, mientras enjuicia al dirigente corrupto.

Y así después de conocer tantos hechos creativos, yo me preguntaba:

¿Cómo hacerle una entrevista a alguien con esas características? Y sobre todo, alguien que expresa significados diferentes a los acostumbrados en las palabras (yo soy una simple aficionada).

Carlos Montemayor, lo cita como el que expresa imágenes como eco de gritos rebozados; con su juego de espejos tarugos donde la mano izquierda pasa por derecha; con sus largos e introspectivos silencios que la añoranza no tiene tiempo de romper; su veneración hacia su “apá” y su “amá” que le enseñaron el arte de la existencia y cuyo recuerdo recala en un suspiro.

La memoria prodigiosa de Cruz Mejía –dice– hace de todo ello un caudal imparable de emociones, una crecida de ríos profundos que “quien lo lea-oiga y quien lo oiga-lea, sabrá agradecerle”[2]. (Yo soy una simple aficionada).

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Locutor al que le interesa defender el valor de la palabra

Dijo don Cruz Mejía en la entrevista que “no es lo mismo escribir una nota que decirla en la radio. Todos los señores que salen en el radio hablan igual. Aprendieron un modito de decir las cosas medio cantadito y gritando a la vez, así como para darse a notar. Se oyen muy seguros de lo que dicen, aunque a cada rato repiten lo mismo”.[3]

Don Cruz trabaja arduamente, no le gustan los elogios y mucho menos los halagos, pero tampoco “los locutores de radio comercial, que se han amañado con eso de hablar de música y se sienten muy ufanos cuando logran poner el punto exactamente en el momento en que acababa el interludio para que se oiga la voz del cantante”.

Ese es uno de los párrafos con los que aborda el locutor la problemática de la radio, una radio que no atiende al escucha, “que parece que lo hacen de manera intencional para que los escuchas obedezcan como borreguitos”, dice el autor de El radio radiante.

Su gran experiencia en la escuela radiofónica lo ha condicionado para ser un gran crítico de locutores, pero sin hacer ley su palabra, el gran creador de música, defiende a la radio independiente “como una puerta más hacia el conocimiento”.

A través de su relación con lo sonoro y el misterio de sus palabras, el conductor construye un lenguaje de pulsión escópica[4], en el sentido de que sus palabras ofrecen la posibilidad de observar que el otro también es un sujeto y sobre todo cuando cegados ante lo que inevitablemente somos, ignorantes o no, queremos ver.

Para él la radio de corte conductista, comercial, sólo de estímulo-respuesta, no provee de un modelo lingüístico o semiótico de capacidad comunicativa, es decir, no desarrolla un lenguaje con código a través del cual el oyente realice una operación de codificación y decodificación, sin más restricción que el que se deriva del correcto y adecuado manejo del lenguaje.

No es lo mismo estudiar y enseñar que hacer radio. Hablar a la carrera, sin pausas y sin matices personales, pone a la gente muy nerviosa y no atiende como es debido”.[5]

Llegué tarde a todo

En uno de nuestros acompañamientos, don Cruz y los demás compañeros fuimos a conocer un restaurante del cual teníamos sólo menciones, pero caminando junto a él su sentido de orientación afinado despertó en mí el aprecio intelectual.

Su sentido de orientación desarrollado, su sentido sentipensante, diría también el intelectual Eduardo Galeano, de igual manera coloca a la música en su memoria, cuando menciona que no debe desplazarse el razonamiento del sentir, pues tenemos conocimiento no conocido, o bien esforzarnos en verlo o crear estrategias para percibirlo.

Entrevista

“Como repartido en muchos brazos igual a los que tiene a la Rosa de los Vientos,  así coloco en mi memoria a la música. Éstas están arriba, al norte, junto a la Estrella Polar; éstas otras se ven más abajito, entre el oriente el noreste; atrás, arriba, a uno y otro lado, hacia otras direcciones”.  

Citando nuevamente a Genaro Villamil, en la revista Proceso, Cruz Mejía declara: “Yo tengo la cabeza llena de música y mi cabeza la acomodo por los distintos rumbos a donde manda el pensamiento…”. Esa sería, me parece, a grandes rasgos la autodescripción de su gran creatividad.

“Siempre he sido diferente. Para mí fue un choque llegar a la Ciudad de México. Yo entré tarde a todo, hace muchos años me hicieron sentir involuntariamente que los libros no eran para mí”.

“Yo llego todo apocado, todo ranchero, ¿cómo voy a poder hablar con gente de la ciudad?, y por mucho tiempo me callaron la boca, pero con el tiempo me doy cuenta de que no todos son tan educados, y me volví observador y muy crítico de la música que escuchaban los muchachos, sin tener ninguna profesión ni nada”.

“Entonces observo que las letras no cruzaban, que todas las canciones decían lo mismo, no había consonancia, estaban disparatadas”.

“Yo entré a tocar en un grupo de música bailable y en las fiesta se me ocurrían las letras, y casi sin pensarlo cantaba babosadas, lo que se me ocurría, y entonces después me decían:

“Oye, canta la canción que cantaste ayer”.

–¿Yo?, si tú la cantaste.

“Entonces ahí surgen las canciones. Yo inventaba canciones en los bailes”.

“Todo el mundo en la prisión corrieron a bailar el rock”. Dice don Cruz que todo el mundo es singular, en dado caso sería, todo el mundo en la prisión corrió a bailar el rock”.

Agregó que la canción Caminos de Michoacán, por ejemplo, “a todos les gusta, pues habla de mi tierra ¿no? y el compositor no encontró otro recurso que corretear a una mujer por todo el estado”.

“Pero ¿qué te hace pensar una canción que desde la entrada la canción habla contradictoriamente? Te dice desde la primera estrofa: ʽCariñito dónde te hallas, con quién te andarás paseando, presiento que no me engañas, por eso te ando buscandoʼ. ¿Por fin? ¿Te ando buscando porque con cualquiera andarás o te tengo confianza?”

“Todo se aplaude bajo la euforia, y yo trataba de divertirme, pero me di cuenta que el lenguaje de los muchachos se reducía, cuando surge la frase de la onda: ʽAgarra la onda, no hay onda, ¿qué onda Germán?, ¿estuvo buena la onda?, ¡qué onda!ʼ Cuando hay gente que encuentra las justas palabras para decir algo”.

Y así, con sus diversas charlas amenas, Don Cruz y los demás, caminábamos alegres de regreso a nuestras casas, y yo esperando el ansiado comentario de aquel locutor que hacía de las cátedras presentadas por los ponentes en el Diplomado de Periodismo de Investigación.

[1] Chamboredon, Jean-Claude;  Passeron Jean-Claude  Presupuestos epistemológicos, con una entrevista a Bordieu, Pierre edit. Siglo XXI,

[2] 2 La creciente, de Cruz Mejía, una especie de canto épico de los pueblos norteños: Carlos Montemayor”  http://www.conaculta.gob.mx/detalle-nota/?id=1817 24 de agosto de 2009.

[3] 2″””La creciente””, de Cruz Mejía, una especie de canto épico de los pueblos norteños: Carlos Montemayor”  http://www.conaculta.gob.mx/detalle-nota/?id=1817 24 de agosto de 2009.

[4] Helenismo referido a la mirada. La pulsión de mirar, que llevamos inscrita en nuestro ADN, el impulso irrefrenable a no apartar la mirada, a ver cuanto más, mejor, y cuanto más detalle y profundidad, mejor. Pulsión escópica centrada en la mirada, relacionada primordialmente a lo imaginario, la pulsión escópica se configura a partir del estadio del espejo, cuando el sujeto posee la capacidad de percibir imágenes -y sobre todo- percibirse a “sí mismo” como una unidad., https://casaescopica.wordpress.com/2009/10/01/escopica-es/

[5] El radio radiante, cuarenta años en las entrañar radiológicas.